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Patrimonio y arquitectura

El zócalo que habla: leer la cerámica de Granada como quien lee un libro

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El zócalo que habla: leer la cerámica de Granada como quien lee un libro

Photo: CarlosVdeHabsburgo, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Hay quienes entran en una casa palacio granadina y miran hacia arriba, hacia los artesonados y las yeserías. Y están quienes agachan la vista. En el zócalo —esa franja de cerámica que viste la base de los muros— se concentra buena parte de la memoria de la casa. Es el lugar donde la arquitectura se acerca al cuerpo, donde la cerámica protege del frescor del suelo y, al mismo tiempo, declara a quién pertenece el edificio y de qué siglo procede.

La herencia del alicatado andalusí

La palabra misma lo delata: azulejo deriva del árabe hispánico al-zulayj, piedra pulida o baldosa. En la Granada nazarí, el alicatado de piezas cortadas una a una —el llamado alicatado de cuerda seca en sus versiones más tempranas— vestía salones y patios con geometrías que no eran mero adorno, sino una forma de ordenar el pensamiento. Tras la conquista cristiana, esa tradición no desapareció: se hibridó. Los talleres locales, muchos de ellos avecindados en el Albaicín y en la zona de Triunfo, adoptaron la técnica de arista y la cuerda seca renacentista traída de Sevilla y Toledo, y la pusieron al servicio de un nuevo repertorio: escudos, grutescos, candelieri.

El resultado es un zócalo granadino que no se parece del todo a ningún otro. Donde Sevilla despliega el azul cobalto de Triana, Granada prefirió durante siglos los verdes, ocres y morados apagados de sus arenas y óxidos, un colorido que dialoga con la piedra de Sierra Elvira y con la luz más suave de esta orilla de la Vega.

Qué mirar cuando nadie mira

El viajero que se aloja en una casa histórica de la ciudad puede practicar un pequeño ejercicio de lectura. Primero, la altura: los zócalos de los siglos XVI y XVII suelen alcanzar mayor cota que los posteriores, pues respondían a la costumbre de sentarse en banquetas y cofías bajas. Segundo, el motivo: una repetición geométrica de ocho puntas delata raigambre mudéjar; una jarra con flores o un jarrón de los pajaritos apunta a los repertorios populares del setecientos; un escudo heráldico en el centro de un panel indica que la estancia fue lugar de recepción, no de tránsito.

Tercero, y quizá lo más conmovedor, las grietas y los remiendos. No es infrecuente encontrar, en un mismo zócalo, piezas de tres siglos distintos colocadas por manos diferentes. Cada emparchado es una reparación anónima, un gesto de permanencia. En las casas que hoy se ofrecen al huésped como alojamiento con historia, esos parches no se ocultan: se explican.

Los talleres que no dejaron de arder

Granada conserva una industria cerámica viva, con apellidos que se repiten en las guías desde hace generaciones. En sus obradores, aún se pisa el barro, se tiñe con óxidos y se cuece en hornos que funcionan a diario. Hablar con un ceramista local es escuchar la misma lección que transmitieron los alfaquíes del oficio: el esmalte no se domina, se negocia.

«La pieza antigua tiene una imperfección que no sabemos hacer, y eso es justo lo que la hace verdadera», cuenta un maestro azulejero del Albaicín mientras repone, con técnicas de cuerda seca, un panel del siglo XVII. Los restauradores de la ciudad trabajan hoy con este equilibrio: conservar la pátina, sustituir lo imprescindible y marcar siempre lo nuevo para que el futuro no engañe sobre el pasado.

Guía breve para el huésped curioso

Quien se aloje en un cármen o en una casa palacio puede seguir unas pautas sencillas:

Un patrimonio al alcance de la mano

A diferencia de un retablo o de una bóveda, el zócalo se disfruta de cerca, casi rozándolo al pasar. Esa cercanía es su gran virtud y su gran riesgo: la cerámica perdura, pero sufre los golpes, las humedades y las modas. Por eso, hospedarse en un edificio que la conserva y la cuida es también una forma de protegerla. Cada huésped que duerme junto a un zócalo del quinientos, que desayuna mirando sus reflejos verdes, contribuye a que el oficio siga teniendo sentido.

En Granada, la historia no está solo en la Alhambra o en la catedral. Está, también, a la altura de la rodilla, esperando a que alguien se detenga a leerla.

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