La viña que vuelve a la ladera: el renacer del vino de altura en las haciendas granadinas
Photo: vineyard terraces Sierra Nevada Granada harvest manual grape picking, via www.vogadorivini.it
Hay un momento, a finales de agosto, en que las laderas que miran a Sierra Nevada cambian de tono. Los racimos se tiñen, el aire se vuelve más denso y las haciendas que durante siglos cultivaron la montaña vuelven a recordar su oficio primero. En Granada, donde el vino se elabora desde tiempos de al-Ándalus y donde la viticultura de altura se practica a más de mil metros sobre el nivel del mar, la recuperación de viñedos olvidados se ha convertido en una misión silenciosa de los grandes alojamientos con historia.
Una tradición que casi se apaga
Pocas regiones españolas pueden presumir de una continuidad vinícola tan antigua y, a la vez, tan interrumpida. Los textos andalusíes ya mencionaban el cultivo de la vid en las cotas altas de la provincia, y tras la conquista cristiana las haciendas de la Vega y las alquerías de la Alpujarra consolidaron un paisaje de viñas en terrazas que el viajero romántico del siglo XIX describía con asombro.
El siglo XX, sin embargo, trajo el abandono. La filoxera, la emigración rural y la mecanización del campo dejaron muchas de esas parcelas sin manos que las cuidaran. Los muros de piedra se derrumbaron lentamente y las cepas viejas, allí donde sobrevivieron, quedaron como testigos mudos de un saber hacer que casi desaparece.
El regreso de la vendimia a la casa
En la última década, varias fincas señoriales y cármenes históricos de la provincia han emprendido un camino de retorno. No se trata de una moda enológica al uso, sino de algo más profundo: la convicción de que un alojamiento con patrimonio no está completo si su tierra no produce. Recuperar una viña es recuperar el paisaje, el calendario y, en última instancia, la identidad de la casa.
El proceso exige paciencia. Primero llega el inventario: identificar cepas centenarias que aún persisten entre matorral, muchas veces de variedades locales como la vigiriega o el caiño blanco, que jamás salieron de estas montañas. Después, la restauración de terrazas y acequias, un trabajo que dialoga directamente con la arquitectura del agua heredada de los antepasados. Y por fin, la vendimia manual, realizada con cajas pequeñas y en las primeras horas de la mañana, cuando la uva conserva la frescura de la noche de altura.
Beber el terruño, entender el lugar
Para el viajero culto que elige Granada, esta recuperación ofrece algo que ninguna bodega industrial puede replicar: la posibilidad de beber un vino en el mismo patio donde se concibió. Las catas que se organizan en los salones y corrales de estas fincas no son meras degustaciones; son lecciones de territorio. En la copa se reconocen la altitud, los suelos pobres y esqueléticos, la amplitud térmica entre el día y la noche de sierra.
Quien quiera acercarse a este universo, conviene que siga algunas pautas sencillas:
- Busque las variedades autóctonas. Pregunte por la vigiriega antes que por las uvas internacionales; es ahí donde reside la singularidad granadina.
- Visite durante la vendimia. Entre finales de agosto y octubre, muchas fincas abren sus puertas para participar en la recogida o al menos presenciarla.
- Pregunte por la historia de la parcela. En las casas con pasado, cada viña tiene un nombre, un dueño anterior, una anécdota. Ese relato forma parte del vino tanto como el suelo.
- Cata a la sombra del patio. El microclima de un cármen granadino, con su fuente y su sombra de parra, modula la percepción del vino de una manera que ninguna sala climatizada consigue.
Hospitalidad con sabor a tierra
En el fondo, este movimiento responde a una idea que La Castellana Granada defiende desde su origen: la verdadera hospitalidad no consiste en ofrecer comodidades, sino en ofrecer pertenencia. Un huésped que prueba un vino nacido de las laderas que contempla desde su ventana no está simplemente bebiendo; está estableciendo un vínculo con el lugar que ninguna guía de viajes puede articular.
Las viñas perdidas de Granada están volviendo, cepa a cepa, muro a muro. Y con ellas vuelve una manera antigua de recibir: la de aquella casa que ofrecía a su visitante no solo techo y mesa, sino el fruto de su propia tierra, servido con el orgullo discreto de quien sabe que nada sabe mejor que lo cultivado con las propias manos.