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Patrimonio y arquitectura

Memoria de despensa: los sabores que las haciendas granadinas guardaron durante siglos

La Castellana Granada

En la arquitectura de las casonas y haciendas del término de Granada, casi ninguna estancia recibía tanto cuidado como la despensa. Situada en plantas frescas, con bóvedas que moderaban la temperatura y estanterías de madera de olmo, era el corazón económico y simbólico de la finca. Allí reposaban los tarros de miel de la Alpujarra, los saquitos de azafrán etiquetados con la cosecha del año, la fruta en almíbar y los toneles de vino de la Vega. Conservar era, en el sentido más literal, un oficio.

El azafrán como firma de la casa

El azafrán fue durante siglos el ingrediente que distinguía las cocinas señoriales de las humildes. Cultivado en bancales de la Vega y desbriznado a mano en las tardes de octubre, cada familia guardaba su producción con un orgullo casi heráldico. Las recetas anotadas en los libros de cocina de estas casas —hoy celosamente custodiados en archivos familiares— consignan con precisión las hebras destinadas a cada guiso, como si de una firma se tratara.

La cocinera granadina Rosario Alcántara, que investiga el patrimonio gastronómico de la provincia, explica la lógica de esa cocina: «El azafrán no era un lujo decorativo; era memoria. Cada plato llevaba la medida exacta de la cosecha propia, y eso hacía que el sabor de una casa no se repitiera en ninguna otra».

Dulces de convento y frutas de invierno

La repostería constituye el capítulo más persistente de esa herencia. Los dulces de convento —tortas de manteca, hojuelas, soplillos de almendra— llegaron a las mesas de las haciendas a través de donaciones, encargos y recetas que cruzaban las rejas de los claustros. Junto a ellos, el membrillo ocupaba un lugar central: la carne de membrillo se cocía en las cocinas de las fincas durante los meses fríos y se guardaba en cajas de madera para acompañar los quesos de montaña durante todo el invierno.

Esa alianza entre la fruta de la Vega y la despensa de invierno sigue viva en las cocinas que trabajan con producto local. El membrillo de Granada, menos dulzón que otras versiones comerciales, conserva una textura firme y un aroma que remite a los huertos de las antiguas haciendas del Genil.

Caza de la Vega y vinos de comarca

Las mesas de otoño en estas fincas se organizaban en torno a la caza menor: perdices escabechadas, codornices al romero, conejo con almendras. El escabeche, con su doble función de plato y método de conservación, era la técnica reina de las despensas. A su lado, los vinos de la comarca —tintos ligeros elaborados en las bodegas de las propias haciendas y en pagos de las zonas altas— completaban un ciclo de autosuficiencia que hoy sorprende por su sofisticación.

No era una cocina de excesos, sino de precisión estacional. Cada producto tenía su momento y su contenedor: el barro para los guisos, la piedra para la fruta, la madera para el vino, el cristal para el azafrán. La despensa era, en definitiva, un calendario construido con materia.

Recuperar para seguir cocinando

El interés por este patrimonio culinario ha crecido en los últimos años. Cocineros de la ciudad y de los pueblos de la Vega consultan recetarios antiguos, contactan con familias que conservan cuadernos manuscritos y trabajan con agricultores que reintroducen variedades olvidadas: membrillos de susidra, azafrán de mesa, uvas de tinto de la zona.

El resultado no es una cocina de museo, sino una relectura viva. Los platos de caza reaparecen con cocciones más respetuosas, los dulces de convento se elaboran con harinas de proximidad y el azafrán local recupera el protagonismo que el producto importado le había arrebatado.

En las casas que hacen de la hospitalidad su razón de ser, servir hoy un plato de perdiz escabechada o un trozo de membrillo con queso de la Alpujarra no es una mera evocación. Es una forma de reconocer que la despensa, igual que los muros de piedra que la rodeaban, forma parte del patrimonio construido: un patrimonio que se come, se comparte y se transmite en cada mesa puesta con intención.

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